Feliz Día 20 de julio a los irritantes Amigos
Dedicado a los que se acuerdan de uno cuando llega el Día del Amigo.
Un texto de Max Aluar, publicado en la revista Cerdos & Peces.
Los irritantes amigos
los amigos que creen conocerte
los que quieren estar
los que se instalan
los que no se dan cuenta de lo que te pasa
los que nunca se dan cuenta de lo que te pasa
los que esperan algo
los que se les nota la intención
los que exigen que seas siempre la misma persona
los que se irritan si los sorprendés
los que te recuerdan el cariño que hay de por medio
los que te recuerdan el tácito pacto que vos nunca hiciste
los que reclaman tus respuestas
los que exigen tu presencia
los amigos que te imponen sus interminables relatos de sí mismos
los que no te marcan tus imperfecciones
los que utilizan el sistema de chismes como correo de lo que de vos piensan
los que imponen sus largas anécdotas en los momentos menos propicios
los que te tratan de memoria
los que recuerdan lo que les dijiste una noche de borrachera y estructuran
una teoría de tu caso
los que usan los datos que de vos tienen
los que piensan que se trata de algo atemporal eterno
los que te llaman por teléfono después de tres años para hablar de buenos viejos tiempos
los que a veces no te ven
los que nunca te ven
los que solamente quieren estar
los que esperan tus gestos aprobatorios
los amigos que no ponen todo el talento el dinero y las posibilidades que tienen en cada momento.
feliz, dia, amigo, amistad, falsedad, cerdos, hipocresia, saludos
feliz, dia, amigo, amistad, falsedad, cerdos, hipocresia, saludos
Desacreditada por la opinión moderna, la sentimentalidad del amor debe ser asumida por el sujeto amoroso como una fuerte transgresión, que lo deja solo y expuesto; por una inversión de valores, es pues esta sentimentalidad lo que constituye hoy lo obsceno del amor.
La Crisis es una bendición que puede acontecer a personas y países.
Es absurdo dividir a la gente en buena y mala. La gente es tan sólo encantadora o aburrida.
Una idea que no es peligrosa, no merece existir.
La única razón por la que su empresa le paga, es porque usted preferiría estar en otro lugar, haciendo otra cosa. El sistema económico entero depende de que la gente esté dispuesta a hacer cosas desagradables a cambio de dinero. Cuanto más espeluznante sea la tarea, más dinero se recibe. Tomemos como ejemplo la cirugía cerebral. Ser neurólogo es un trabajo muy bien remunerado, pero tiene que pasar todo el día tocando los sesos de otras personas. No sé usted, pero a mí ya me asusta bastante lo que sale de las bocas de la gente, sin tener que acercar mis dedos aún más a lo que lo origina. Estoy seguro de que no disfrutaría de ningún trabajo que tenga algo que ver con las sierras y los cráneos humanos. A mí me resulta desagradable.
El hombre superior es como el agua.
Percibía yo en él huellas de deseo o de esperanza, o algún residuo de pesar. Su cinismo era manifiestamente incompleto. ¡Qué decepción! Y proseguía siempre mi búsqueda y siempre mis ídolos del momento pecaban en algún aspecto: el hombre estaba presente en ellos, oculto, maquillado o escamoteado. Acabé por comprender el despotismo de la especie, y por no soñar más que con un no-hombre, con un monstruo que estuviese totalmente convencido de su nada. Era una locura concebirlo: no podía existir, ya que la lucidez absoluta es incompatible con la realidad de los órganos.
A diferencia de los granos de su cara. El primer brote debió haberla sorprendido antes de su primera menstruación. Pero en menstruaciones no quiero pensar. Tampoco en sus granos purulentos. No quería pensar en nada. Por eso llegué treinta minutos antes. Lo único que deseaba desde que colgué el teléfono y salí del despacho cuatrocientos dos sin avisar a nadie; desde que tomé el elevador y el portero me dio las buenas tardes usando un nombre equivocado otra vez; desde que me enredé la bufanda al cuello y apagué el maldito celular; desde que caminé una cuadra y media de la Álvaro Obregón; desde que vi el letrero verdiblanquimugriento del "Guernica", era un express cortado. Un express caliente oscuro, cortado con leche, humeante en su tacita de loza. Y ahora debo cambiar mis planes y tomar un café revuelto con leche diluida y pensar pensar pensar. Tal parece que hoy no es mi día de suerte. 



































