Aunque sea injusto, la belleza abre puertas en todos los ámbitos de la vida. Las personas más bonitas generan reacciones favorables del entorno. Quizás esa reacción sea de origen natural, pero la misma ha sido hiper-estimulada por la publicidad, el cine y la televisión. El mundo acata determinados patrones de belleza impuestos por los medios de comunicación.
En aquellas empresas que ofrecen atención al público, se suelen generar situaciones de seducción y baboseo entre cliente y empleado del sexo opuesto o gay. Los más agraciados suelen abusar de su belleza para recibir un trato diferenciado y obtener privilegios. Cuando descubren que su mirada hace sonrojar al interlocutor y su sonrisa lo derrite, saben que ya ha caído en sus redes.
Por ejemplo, hace muchos años, cuando todavía se cobraban los sueldos por ventanilla, el día de pago a los Uniformados de la Provincia de Santa Fe, entre los cajeros gay de ese Banco se agarraban de las mechas por atender a los muchachos, para ver si enganchaban algo o al menos deleitar la vista… agente, agente: arrésteme pronto!
En mi oficina, también tengo que atender al público. A veces, algún hombre perfecto requiere mis servicios y me brindo de forma inconsciente a su juego, rendido a sus pies como un corderito indefenso ante el lobo feroz.
Quisiera aclarar que esto no me ocurre con cualquier lindo. No me refiero a aquel de quien se diga que es bonito, buen mozo, agraciado, fachero, llamativo, rico, agradable, atractivo, simpático, delicioso, interesante, encantador, bello. Tampoco hago alusión a ningún patovica o fisiculturista artificialmente desproporcionado.
Estoy hablando de quien recibe calificativos como despampanante, hermoso, infartante, descomunal, bestial, precioso, infernal, chiche bombón, despelote, dios griego, potrazo, papito. Como decían las viejas del barrio, es tan lindo que le debe doler la cara. Un hombre cuya piel, cabello, ojos y boca parecen hechos con materiales de calidad superior. Como si el Creador hubiera alcanzado la excelencia de su obra en ellos y el resto fuésemos productos de segunda selección, ensayos fallidos de un experimento genético.
Hace poco, escuché a dos clientes que charlaban cerca mío. Uno se quejaba de las largas colas que tenía que padecer cada vez que iba a una determinada repartición pública del área impositiva. El otro, que es un bombonazo, le respondió que él nunca hacía cola, porque ahí estaba lleno de putos. Le contó que desde lejos le guiñaba el ojo a algún trolo que estuviera en el mostrador y luego se acercaba disimuladamente por un costado a pedirle que le recibiera el trámite. Ambos clientes se rieron a carcajadas y me dio bronca.
Varios días después, el más sexy de los dos pasó sonriente por mi escritorio para que le hiciera un trámite en la oficina de al lado, porque estaba apurado y había mucha cola. Mi respuesta fue fría… disculpame, pero hoy estoy con el laburo atrasado, así que sacá número y esperá que te atiendan. Un pequeño aporte a la justicia poética del universo.

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