El primer hombre que descubrió mi mayor secreto
Viví toda mi infancia y parte de mi adolescencia, hasta los 18 años, en el barrio de Fisherton. A mediado de los ‘70, aquella era una zona residencial muy tranquila. En los alrededores no había villas miseria ni barrios FONAVI, como ahora.
En esa época, tampoco había supermercados. Las compras se hacían en el almacén, granja o despensa, en la carnicería, panadería, etc. Además, había ciertos productos que eran repartidos a domicilio en camioneta o carro, por el lechero, sodero, verdulero, huevero.
Recuerdo que este último tenía una carreta tirada por dos caballos, que me parecía gigantesca: a los 9 años se ve todo mucho más grande de lo que en realidad es. El repartidor de huevos era un macho de unos 40 años, rubio, morrudo, muy peludo, carilindo pero con rasgos bien masculinos, un chongo perfecto.
Desde el instante en que escuchaba su potente voz gritando "el huevero, huevos blancos, de color, el huevero" el mundo se detenía para mí. Interrumpía mis actividades para verlo pasar y me quedaba inmóvil hasta que su carro doblaba por la esquina y se perdía de vista.
El huevero fue la primera persona de carne y hueso que despertó en mí sensaciones desconocidas, inexplicables, que me dominaban por completo. Me daba cuenta de que ese hombre me gustaba intensamente y eso me atormentaba, me enloquecía. Por ese entonces, no se nombraba la homosexualidad en la televisión o las revistas, ni se conocía la palabra gay. Yo nunca había visto ni siquiera a un maricón.
Una mañana soleada de otoño me crucé con él frente a frente, fue la vez que lo tuve más cerca en mi vida. De repente, encontré su carro delante mío, a pocos metros, acercándose. Me tomó completamente desprevenido, porque esa vez el hombre no iba pregonando sus huevos, no sé porqué. Estábamos solos, en ese momento no había nadie en la vereda. Recuerdo haber detenido mi marcha para verlo pasar, como siempre. Mi actitud debe haber sido muy evidente, porque a pesar de que era un niño, me increpó con su voz recia y fuerte "¿qué mirás, rarito?"
Ese instante fue dramático para mí. La primera persona que descubría mi secreto, el primer hombre por el que sentía algo, en ese simple acto me estaba juzgando, sentenciando y condenando. Sentí algo similar a esos sueños en los que de pronto uno se da cuenta de que está desnudo en un lugar público lleno de gente, sin saber qué hacer. Agaché la cabeza y caminé para alejarme del huevero, no me atreví a volver la vista atrás. El repicar de los cascos de los caballos contra el pavimento se volvió un sonido tan insoportable que me provocaba tristeza, vergüenza, bronca, dolor, una confusa mezcla de emociones fuertes.
No lo volví a ver nunca más. Su potente voz dejó de escucharse por las calles del barrio. Quizás había cambiado de trabajo, rendido ante la aparición de los primeros supermercados y la oferta de huevos baratos, aunque más pequeños, en las verdulerías y almacenes de la zona. No hubo nadie que lo reemplazara, Fisherton no tuvo ningún otro huevero jamás.
Veinte años después, cerca de los 30, me hice amigo de un gay que había vivido toda su vida en Barrio Belgrano, que queda pegado a Fisherton. Un día, hablando de pijas, que es un tema tan recurrente en las conversaciones gay, como los culos y tetas en las charlas entre hombres heteros, le conté que el verdulero de la esquina de mi edificio se excita tanto con las clientas, que se le notan unas erecciones espectaculares debajo del pantalón de jogging. Entonces mi amigo recordó que cuando era chico, se calentaba con el verdulero y también con el repartidor de huevos… que resultó ser el mismo que me dijo "rarito" aquella vez. Fue una extraña coincidencia, qué pequeño resulta a veces el mundo en el que vivimos.
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Aunque sea injusto, la belleza abre puertas en todos los ámbitos de la vida. Las personas más bonitas generan reacciones favorables del entorno. Quizás esa reacción sea de origen natural, pero la misma ha sido hiper-estimulada por la publicidad, el cine y la televisión. El mundo acata determinados patrones de belleza impuestos por los medios de comunicación.
Por ejemplo, hace muchos años, cuando todavía se cobraban los sueldos por ventanilla, el día de pago a los Uniformados de la Provincia de Santa Fe, entre los cajeros gay de ese Banco se agarraban de las mechas por atender a los muchachos, para ver si enganchaban algo o al menos deleitar la vista… agente, agente: arrésteme pronto!
Estoy hablando de quien recibe calificativos como despampanante, hermoso, infartante, descomunal, bestial, precioso, infernal, chiche bombón, despelote, dios griego, potrazo, papito. Como decían las viejas del barrio, es tan lindo que le debe doler la cara. Un hombre cuya piel, cabello, ojos y boca parecen hechos con materiales de calidad superior. Como si el Creador hubiera alcanzado la excelencia de su obra en ellos y el resto fuésemos productos de segunda selección, ensayos fallidos de un experimento genético.

Muévete, menéate, suéltate, libérate
Como decía
En cambio, si me propusiera lograr más visitas de gay (no se debe decir gays, gay es una palabra que
¿Sería muy loco el intento de provocar que me encuentre un hipotético navegante soñado, algún príncipe azul del ciberespacio (juasss!!), escribiendo frases llamadoras para captarlo? Es mucho más original que publicar un perfil en una página de contactos… Voy a intentarlo, con algunas palabras que solo un alma gemela tan freak como rosarioso podría buscar, y otras que me gustaría que el que las escriba cayera acá… 

Para coronar mi inventario de personajes y mascotas que enumeré en la
- Las viejas fachistoides. Dos señoras muy mayores (¿hermanas?) con dificultad para caminar, sacan a la puerta de su casona un perrito pequinés, que tiene algo raro en los ojos (¿cataratas?) y también es viejo. Cuando me acerco con mi perra, siempre se meten adentro, apuradas, para evitar el encuentro. Una tarde que estaban fatalmente alineados los planetas, al salir con la perra me olvidé de llevar una bolsita de supermercado o una hoja del rollo de cocina, para levantar lo que hiciera mi perra. Para colmo, a ésta se le ocurre defecar en la vereda de al lado de las ancianas, que justo estaban en la vereda con su cuzquito. Me llamó la atención que en lugar de meterse adentro, me esperaran paradas en la puerta de su casa. Cuando pasé a su lado, una le dijo a la otra, en voz bien alta: -Qué asqueroso, deberían obligarlo a que se lo tenga que comer todo!!! Lo expresó con tanto odio, poniéndole énfasis y convicción a cada palabra, que logró que me imaginara comiéndome el sorete y me dio mucho asco. Seguí de largo sin decir nada.
Darle la vuelta al perro me sirve como distracción, para estirar las piernas después de estar sentado por horas frente a la computadora y también para encontrarme con otras personas que están haciendo lo mismo, con las que suelo entablar conversaciones pasatistas.
A partir de hoy, 18 de febrero de 2008, comenzaré a leer asiduamente uno de los 




































