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La mentira tiene patas cortas… y gordas (1/2)

Con esta foto trucha de un osito lindo, me engañó la Susana GimenezUna de las situaciones más incómodas que me pueden ocurrir en el chat, sucede cuando alguien me dice que sabe quién soy, pero no revela quién es él. Por ejemplo, eso me pasó hace unos años cuando charlaba por Messenger con un gay que había contactado chateando por viarosario. Primero dijo que me conocía de la disco gay (que en ese momento era) El Refugio de calle Rivadavia al 2700. Después, agregó que también me había visto en la empresa donde trabajo, e incluso me dio el nombre de un par de mis compañeras, para corroborar que eso era cierto. Me intimidaba bastante que tuviera tanta información sobre mí.

Me pasó una foto suya (la que está publicada). Era un osito muy atractivo, pero su rostro no me resultaba conocido. Mi curiosidad por saber quién era él fue tal, que imprimí la fotografía y se la mostré a las empleadas que me nombró. Pero ellas aseveraron que tampoco habían visto nunca esa cara simpática.

Seguí conversando por MSN con el gordito misterioso y acordamos que el fin de semana siguiente nos íbamos a encontrar en el boliche. Allí estuve toda la noche, expectante. Pero no vi a nadie parecido. Cuando nos volvimos a contactar online, me pidió disculpas, alegando que no había podido ir porque tuvo un problema familiar.

A la semana siguiente, me citó y me dejó plantado otra vez. Esperé que se volviera a conectar para insultarlo y borrarlo, pero ya no lo ví online nunca más.

A los gay les encanta imitar a la diva Susana GimenezLe conté lo sucedido a un amigo mío que está metido en el ambiente gay rosarino. En su opinión, era una tramoya armada por un oso que se divertía bromeando por chat. Su apodo era la Susana Giménez (SG), porque, aunque tenía aspecto muy masculino, cuando se reunía en privado con su grupo de amigos, le gustaba imitar a la diva de la televisión. Me costó aceptar que me hubieran tomado el pelo, pero lo más probable era que mi informante estuviera en lo cierto.

Un par de semanas después, estaba bailando en el boliche con ese amigo que se las sabía todas y me señaló a un osito. Me indicó que ese era la SG. No tenía ninguna similitud con la foto. Aún así, me pareció bastante interesante. Estaba abrazado a otro oso rubio muy corpulento, tipo rugbier gordo, que era su pareja.

Pasaron más de seis meses. En diciembre, reapareció en el puticlub bailable la SG. Estaba solo. Estaba lindo. Se acercó a conversar conmigo. Me dijo que hacía un mes y medio que había cortado su relación amorosa en forma definitiva, porque no daba para más. Esa noche nos dimos (seguir leyendo…)

¿Quién tiene la culpa de las cochinadas del chancho?

Hombre gay musculoso haciendo chanchadasPorky se comunicó conmigo por medio de una página de contactos gay. Aunque no tenía foto, le dí mi MSN porque su descripción era muy tentadora: 36 años, piel blanca, ojos celestes, cabello castaño, 1.80 m, 85 kg, peludo, profesional universitario. Vivía en una ciudad de la provincia de Buenos Aires, ubicada 200 km al sur de la urbe de Rosario. Su familia era de una localidad entrerriana, 100 km al norte de la cuna de la bandera argentina. Viajaba bastante seguido a visitar a los suyos, así que pasaba por aquí con frecuencia.

Estuvimos chateando durante más de un mes. En esas charlas, sin que se lo preguntara, me dijo que era solamente activo. Le contesté que no había problema, porque yo era muy versátil. De hecho, no me preocupó su aparente limitación en cuanto al rol, porque, como dice el dicho, en la cancha se ven los pingos.

El 23 de diciembre, él emprendió el viaje con destino a la casa de sus padres, para compartir la Navidad con sus seres queridos. Al pasar por mi ciudad, hizo una parada, para que nos conociéramos personalmente. Yo no sabía si lo iba a llevar a tomar algo a un bar o lo iba a invitar a mi departamento. Cuando bajé a recibirlo, me sorprendí gratamente. Era tan, pero tan lindo, que lo hice subir directo a mi morada, sin escalas.

Cartel de la película Against All Oinks, protagonizada por Jeff Bridges y Miss PiggyHablamos acerca del clíma y del tránsito en la ruta. En cuestión de minutos, pasamos a la acción. Cuando nos quitamos la ropa, quedé extasiado. Si bien se notaba que nunca había levantado una barra con pesas en su vida, era tan bonito de cara, peludito y armónico, que daba ganas de comérselo. Lo que me extrañó un poco fue que hubiera dicho que era activo y sin embargo se moviera menos que un flan de vainilla.

Así como si nada, de repente me pidió que trajera un cuchillo grande para apoyárselo en el cuello. Su extraña parafilia superó mi capacidad de asombro y me bajó la excitación al piso. Pero como ya había sucumbido ante el hechizo de su belleza, en lugar de echarlo a patadas, como hubiera hecho con cualquier otro fetichista, fui a la cocina a buscar lo que me solicitó. Tomé una cuchilla inmensa, pero que cortaba poco, porque era muy vieja y había perdido bastante el filo. Facón en mano, volví al dormitorio.

Proseguí con las caricias, para levantar otra vez la temperatura corporal. Entre beso y beso, me explicó que le habían puesto ese sobrenombre, porque él era un chanchito. Entendí que me quería insinuar algo, pero no supe qué. Se dio vuelta, dándome la espalda. Lo apoyé desde atrás. Con una mano lo sujeté fuerte y con la otra le coloqué la cuchilla fría en el cogote, del lado que no tenía filo, para prevenir accidentes. Entonces empezó a chillar fuerte y agudo, como un cerdo en el matadero (dale click al play)…


Fue una de las situaciones más bizarras que he vivido jamás. Yo no podía creer lo que pasaba, no sabía si reirme o asustarme. Mientras gritaba sin pausa como un porcino degollado, el carilindo se masturbaba a dos manos, en un trance frenético. Finalmente, acabó y se calló. No hice ningún comentario sobre lo ocurrido, ni él tampoco.

Antes de partir, me prometió volver a pasar por Rosario a la semana siguiente. Le pedí que antes de venir a visitarme, coordináramos el encuentro por Messenger, porque a lo mejor yo no iba a estar presente para fin de año. Apenas se fue, lo eliminé de mi lista de contactos. Por más hermoso que fuera, no quería ser partícipe de su locura. Porque dicen que la culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer.

Evolución desde chancho primitivo hasta el hombre actual

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Privado de la libertad por un gay desesperado

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Big Gay Al es un personaje de South Park, un estereotipo de marica maduroEn una noche cálida y apacible de verano, hace un par de años atrás, recibí un llamado telefónico de lo más extraño. Era mi amigo Horacio, que me pedía ayuda urgente. Hice lo que pude para solucionar su problema, sin efectuar demasiadas preguntas, dada la gravedad del caso. Al día siguiente, me comuniqué con él para que me contara detalladamente lo que le había pasado. A continuación, su relato:

Estaba caliente, tenía ganas de concretar un levante lo más rápido posible. Entré al chat y arreglé encontrarme con el primero que me pareció potable. El tipo me dijo que era amplio, masculino, fachero, 39 años. Puso una foto creíble en la ventanita del MSN Messenger. Me dio su dirección sin dar vueltas. Eso me pareció raro, pero pensé que a lo mejor él también tenía ganas de hacer algo express y quería ahorrarse el tiempo que se malgasta en los desencuentros en las esquinas, por donde la mayoría pasa de largo, espiando desde la vereda de enfrente, especulando si el otro les gusta o no. Hoy en día, informarle el domicilio a un desconocido es peligroso, pero tiene la ventaja de que elimina la histeria y la virtualidad. Para que suene el timbre, debe haber un dedo que lo toque.

Entrar al edificio de un desconocido puede ser una trampa sin salidaFui hasta el domicilio en el que me citó, era un edificio. Cuando bajó a abrir, me decepcionó bastante. Era más viejo, gordo, pelado y feo de lo que mostraba la foto del MSN. Estaba a punto de irme, cuando noté que un compañero de trabajo venía caminando por la vereda hacia mí. Todavía no me había visto. Entré al palier rápidamente, porque no me gusta que me vean en situaciones de levante. Interpreté esa coincidencia como una señal de que me tenía que quedar allí y saciar mis apetitos sexuales.

Subimos hasta el 4to. piso y entré al departamento, que tenía una de las decoraciones típicas de gay. Pocos muebles, una mesita ratona recargada de pequeños adornos recolectados en los mercados de pulgas de cada ciudad del mundo que el trolo había viajado, desde Caminito hasta París, pasando por Salta, México y Estambul. Unos cuadritos cuadrados de vivos colores, lámparas de papel vegetal, velas con forma de cubo y un sahumerio grueso, encendido.

Me dijo que él no vivía ahí. Le había prestado el lugar un amigo suyo que era enfermero y estaba de guardia hasta el día siguiente, así que íbamos a poder pasar una noche genial juntos. Mi levante había proyectado una velada perfecta, sin considerar que yo tenía que trabajar temprano al otro día y que no me gusta dormir en casa de un desconocido. Además, mi idea era echarme un polvo y pirarme al toque. Le dije que lo lamentaba, porque disponía de una horita nada más, ya que después tenía otros compromisos. Se puso a gritar, enojado: -¿Cómo que una horita? ¡Vos te quedás! (seguir leyendo…)