Un marido fiel o que al menos haga bien el verso
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Cuando uno de los miembros de una pareja tiene que viajar solo a otra ciudad, el que se queda no tiene forma de controlar que su media naranja le sea fiel: solo puede confiar o resignarse.
Por ejemplo, para un trolo del interior, que su novio vaya solito a Buenos Aires, suele generar un tsunami de celos e inseguridades. Esa gran urbe está plagada de tentaciones carnales para los homosexuales provincianos. Quizás parezca exagerado afirmar que allí no es necesario caminar más de tres cuadras para hacer un levante callejero o diez cuadras para encontrar un sauna, cine porno o darkroom repleto de hombres ávidos de sexo casual con otros hombres. En Capital, pisás una baldosa floja y salen tres putos.
Ante tal panorama, el comebalas que permanece cuidando la llama del hogar, habitualmente se ahoga en un mar sospechas y dudas, imaginando a su amorcito envuelto en orgías desenfrenadas.
El año pasado tuve que atravesar esa situación. Llevaba un par de meses saliendo con un médico de una pequeña localidad cercana a Rosario. Era un señor pueblerino que la iba de puritano. Un día, me dijo que tenía que viajar a Buenos Aires por un congreso. Cabe aclarar que no soy celoso ni posesivo. Pero, como dice la canción Huevos de Miguel Mateos "Zas", tengo el sueño de un marido fiel o que al menos me haga bien el verso…
A continuación, mi análisis de los hechos: (seguir leyendo…)
















Al rato, reapareció completamente desnudo, con sus dorados cabellos sueltos, cayendo sobre los hombros. Eso le daba un aspecto mucho más femenino. Además, calzaba unos suecos altos de mujer. Se había atado un cinturón de cuero al cuello, pasándolo por la hebilla y ajustándolo, como si fuese un collar de perro. El extremo del mismo le colgaba por la espalda, hasta el culo, como una correa. 